Regla de tres.

  He pasado ya por mis dos grandes amores. Diferentes el uno del otro, pero grandes amores por mismos.

 Uno completamente inocente, de esa típica ilusión de “almas gemelas”. Él seguirá siendo eternamente mi alma gemela en ese mundo donde aún seguimos siendo unos niños ingenuos. Allí la magia sigue siendo real, y nosotros también. Fue el más caótico cuando terminó, porque abrimos los ojos al paso del crecimiento, entendiendo así que la ilusión puede ser la peor enemiga de la mente.

 El otro fue un amor más maduro y simple. La magia ya no pertenecía a esta realidad; nos habíamos vuelto ateos, cada uno a nuestra manera, pero encontramos en el otro algo en lo que creer. Fue una despedida sin un adiós real. Aún hay veces en las que me pregunto qué fue lo que falló o lo que faltó, qué es lo que no fue suficiente para que se quedara. Aprendí que un día estamos acá amando a alguien, y al otro estamos en diferentes puntos de la vida intentando olvidar y seguir adelante.

 Dos amores muy bonitos. A los dos los esperé; a veces los sigo esperando, extrañando lo que fuimos, pero que nunca volverá a ser. Solo me queda pensarlos como algo hermoso de mi pasado.

 Seguramente este tipo de amor, si lo cuento tal y como es, sea completamente diferente al que vos, lector, imaginás. Porque el amor tiene muchos aspectos. El amor puede estar en todos lados, de diferentes formas y medidas. Y que lo que yo sentí por estas personas fue amor: uno muy grande, muy diferente, pero no de distinta importancia.

 Ahora me falta el último, ¿no? Esa regla de tres en el amor de la que tanto hablan las chicas enamoradas. De ese amor que llega sin buscarlo y es incondicional. O la típica frase de “la tercera es la vencida”. ¿De verdad la tercera es la vencida? Y aún peor: ¿podré amar sin el miedo a perder? No lo sé.

 Pero quizás no me haga falta otro amor más, sino otra forma de amar. Amar fuera de mi zona de confort. Algo que me miedo afrontar, pero que al final, cuando me anime, me haga ver que ese fue siempre el lugar al que tenía que llegar.

 O simplemente mi último amor sea amar la vida: a las personas en general, la música, la naturaleza. Quizá en este nuevo cambio de mi vida pueda encontrar la respuesta a esa pregunta.

 Por ahora seguiré enamorándome de las cosas simples del camino, como cuando mirás un hermoso atardecer naranja y sentís una calma desesperada.
 Porque a veces el amor no llega como una persona, sino como un momento que decide quedarse por un rato.

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