Margarita
Ella sin duda era una bella Margarita. Era de esos paisajes maravillosos para pintar en un cuadro con el cual miles de filósofos hablarían mientras lo contemplaban. Y lo fue, lo fue hasta que una noche decidió convertirse en un fascinante ángel. Aquella mujer sentada en la punta de la mesa, con sus ojos perdidos por un mundo lleno de estrellas esperando poder llegar algún día allí para poder tomar las manos de su amado y de su pequeño niño que siempre llevó en sus recuerdos al estar aquí. Muchas risas se llevó, muchos corazones también. Lágrimas derramadas y almas desgarradas, pero siempre supo cómo aliviar el dolor entre sueños y recuerdos buenos. No hablaba mucho ni expresaba demasiado, pero a mí me bastaba su presencia para sentirme en paz; algo que jamás volví a encontrar en alguien más. Aunque las Margaritas se marchiten al final del día, entre sus arrugas siempre quedará la alegría de lo que fue cuando era simplemente ella y se encontraba sentada todavía aquí. Entre h...