Promesas vacías.
Las mentiras son algo que detesto, pero hay algo aún peor: esas mentiras disfrazadas de verdades a medias. Promesas que uno quiere creer, aunque solo sean mentiras maquilladas con un “te quiero” o un “a mí sí me importas”, cubiertas de color y esperanza… hasta que se desvanecen, como todo lo que el tiempo arrastra consigo.
Creo en las promesas. En las mías.
Jamás prometeré algo que no pueda cumplir.
He hecho promesas que aún sostengo, aunque ya no haya nadie al otro lado esperándolas.
No pienso vivir enjaulada en lo que pudo ser, en lo que no fue o ya no es.
Y tampoco encerraré a nadie en un lugar donde no quiere —o no puede— quedarse.
Observando sus engaños, deseando que hubieran sido verdad.
Aceptando que quizá, los “para siempre” no quieren caminar de la mano conmigo.
Ni los “te quiero”, ni los “yo sí estaré aquí”.
Tal vez soy solo un destello. Algo fugaz que les muestra un mundo distinto, algo que les da un respiro… antes de que vuelvan a la realidad.
Quizás soy solo un pensamiento, una imaginación.
Ojalá haya sido, al menos, una imaginación que valiera la pena, aunque no necesariamente duradera.
Porque al final suelo ser solo eso... lo que se deja atrás.
Algunas personas se aferran a lo preestablecido, ven el mundo como blanco o negro, rígido, con cosas que deben ser así o asá y creen que no hay ninguna otra forma. Pero hay quienes —como yo— sabemos que hay cosas que se salen de lo común, y que también valen la pena vivirse. Tal vez lo desconocido les da miedo, y por eso huyen, dejando atrás a quienes cargamos con sus promesas rotas, sus verdades incompletas, y el dolor que eso conlleva.
Tal vez estoy encadenada a la soledad, o quizás es simplemente el precio de mi libertad y mi verdad. Pero me abrazo en paz porque sé que nunca mentí. Mis promesas siguen intactas esperando a ser por fin cumplidas o hasta que la vida las llene de polvo y las desvanezca.
Que vuelen libres como pequeños colibríes… pero nunca se olviden de esas promesas que jamás cumplieron aunque tuvieron el valor de decir que eran ciertas... porque el daño que dejan detrás sí que puede ser muy real.
No puedo quedarme quieta por quien se marchó sin siquiera decir adiós.
Tampoco puedo detener mi vida por quienes decidieron soltarme, pero sí puedo dejar la puerta entreabierta. No para esperar, sino por si algún día desean volver a mirar —o a entrar.
A veces me gustaría no ser tan ingenua. Me considero una persona inteligente… pero qué ironía.
¿Acaso alguien inteligente se dejaría llevar por promesas vacías? ¿Por palabras eternas que solo duran un suspiro? ¿Por quienes dicen “siempre”, pero se evaporan al primer “mañana”? No lo creo.
¿De qué sirve ser “diferente” —como suelen decirme— si igual nadie se queda?
Pero quizá, solo quizá, el pasado deba quedarse donde está: donde estoy.
Como todo. Como a todos.
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