Lágrimas de fuego.
Vi esos ojos apagarse y perder el brillo después de tanto llorar.
La vi preguntarse una y otra vez por qué la gente era de esa forma, por qué eran capaces de herir sin siquiera inmutarse ante el dolor ajeno. Se suponía que los seres humanos podían sentir empatía, conmoverse al ver a alguien triste, sentir culpa al presenciar el sufrimiento de otra persona. Pero a ella la vieron romperse justo frente a sus ojos y, aun así, se rieron. Todavía recuerdo esas risas; vacías, crueles, casi inhumanas. Como si verla desmoronarse hubiese sido el espectáculo más divertido que habían tenido en años.
Ella nunca pudo entenderlo. Se suponía que los superhéroes eran humanos, que los abrazos curaban y que las sonrisas podían salvarle el alma a alguien. Entonces, ¿por qué nada de eso estaba ocurriendo? ¿Por qué nadie hacía nada mientras ella se hundía lentamente frente a todos?
Con el tiempo comenzó a darse cuenta de las mentiras que los mismos humanos inventaron para soportarse entre ellos. Historias bonitas, palabras cálidas y promesas vacías creadas únicamente para convencerse de que todavía eran capaces de hacer algo puro, cuando muchas veces solo aparentaban bondad para no sentirse miserables consigo mismos. Y aun así ella intentó comprenderlos. Quiso creer que las personas eran crueles porque estaban rotas, porque odiaban aquello que veían cuando se miraban al espejo. Intentó dejar de culparlos por el daño que le hacían y convencerse de que el problema era suyo, de que simplemente era demasiado sensible, demasiado frágil o demasiado débil para soportar el mundo como los demás parecían hacerlo.
Pero las lágrimas seguían quemándole la piel como fuego lento, y fue precisamente ese dolor el que terminó despertándola.
Ahora ya no llora. Cuando la miro, siento que estoy viendo a alguien que dejó de pertenecer por completo a este mundo. A veces parece no saber si todavía vive en la tierra o si hace tiempo cayó al infierno y simplemente aprendió a quedarse allí. Su alma ya no habita sus ojos de la misma forma; algo en ella se apagó para siempre.
Y, aun así, todavía queda algo.
Lo veo escondido en lo más profundo de su mirada, detrás del cansancio, de la frialdad y de todas esas heridas que aprendió a convertir en armadura. Hay algo dentro de ella que todavía quiere conservar humanidad y fe, aunque haya aprendido que muchas personas solo son buenas cuando alguien las está mirando. Ella se volvió fría, distante y, a veces, cruel, pero incluso así sigue siendo más buena que cualquier ángel del paraíso.
Y también quema mucho más que cualquier infierno.
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