Hombre esperanzador.
Él era un hombre con el que todos querían estar al menos por cinco minutos.
Mi padre era un hombre ridículamente esperanzador. Amaba la vida. Decía que era lo mejor que nos podía pasar a los seres humanos; poder ver la naturaleza y darnos cuenta que no es simplemente un trozo de tierra, sino que es vida que busca la forma de expandirse y embellecer nuestro alrededor.
Tenía el don de hacerte sentir en paz y sabías, al mirarlo a los ojos, que la felicidad podía existir de verdad. Jamás te sentías insignificante en este vasto mundo, no si estabas a su lado.
Para él las sonrisas eran muy importantes porque se contagiaban y curaban el alma de los que se estaban apagando.
Todos tenemos un don; ese era el suyo. Te hacía sentir que absolutamente todo valía la pena.
"Amor mío, no estés mal, de los errores siempre salen soluciones que nos hacen mejores". "No te olvides de abrazar. Y más importante aún, no te olvides nunca... de amar".
A veces necesitamos ese consuelo que nadie nos da, necesitamos esa esperanza que nunca llega, y necesitamos ese amor que no sentimos. La gente que trae esperanza no abunda aquí, en este lado del plano universal. Hay pocos, pocos que nos hacen sentir anello de algo que pronto llegara, y muchos que nos susurran al oído que nada nuevo pasara. Son pequeñas estrellas brillantes en un mar de enormes estrellas apagadas. Son pequeños peces en un lago lleno de tiburones. Son solo ellos. Son la Luz, solo la luz.
ResponderBorrar