Margarita

 Ella sin duda era una bella Margarita.

Era de esos paisajes maravillosos para pintar en un cuadro con el cual miles de filósofos hablarían mientras lo contemplaban. Y lo fue, lo fue hasta que una noche decidió convertirse en un fascinante ángel.
Aquella mujer sentada en la punta de la mesa, con sus ojos perdidos por un mundo lleno de estrellas esperando poder llegar algún día allí para poder tomar las manos de su amado y de su pequeño niño que siempre llevó en sus recuerdos al estar aquí.
Muchas risas se llevó, muchos corazones también. Lágrimas derramadas y almas desgarradas, pero siempre supo cómo aliviar el dolor entre sueños y recuerdos buenos.
No hablaba mucho ni expresaba demasiado, pero a mí me bastaba su presencia para sentirme en paz; algo que jamás volví a encontrar en alguien más.
Aunque las Margaritas se marchiten al final del día, entre sus arrugas siempre quedará la alegría de lo que fue cuando era simplemente ella y se encontraba sentada todavía aquí.
Entre humo y miradas, regaños y comidas en familia, ella pudo darnos pequeñas y tímidas sonrisas de alegría.
Su corazoncito, cuando se veía levemente abatido lo refugiaba entre el calor de la hoguera en la chimenea y quemaba la tristeza entre las brasas que quedaban al final del día antes de que el fuego se extinguiera dejando las cenizas.
Y a pesar de que a esa pequeña Margarita se la llevó un leve soplo de viento una noche estrellada cuando soñaba despierta sobre su almohada, quedó en la piel, como tatuaje, como cicatriz de orgullo. Quedó en la sangre, tejiendo flores blancas. Quedó como pañuelo que lleva su nombre y quedó en la mente de quienes más la amaban. Y no solo eso, pues aún aparece en algún que otro sueño.
"Y bueno" Tengo el honor y el orgullo de decir que en mi familia vivía una hermosa flor de Margarita. Y tengo el placer de recordarla como una de las obras de arte más maravillosas que he podido observar silenciosamente en mi vida. Ella fue esposa, mamá y amiga. Fue abuela y compañera. Una gran cocinera y una grandiosa mujer que derrochaba perfección entre sus marcas de vida.
Algunos se sentirán todavía enojados con el destino o con el mundo por habérsela llevado, pero deben de saber que la pequeña Margarita ahora sonríe en el mundo con el que solía soñar, donde está junto a la pequeña familia que allí se encuentra, tomando mates y compartiendo galletitas, esperando la llegada de los demás, para volverse a reencontrar.
Su bondad quedará para siempre en la memoria de la gente; y si algún día se olvidan (cosa que no creo que ocurra), yo lo recordaré por siempre, aunque haya sido una pequeña adolescente cuando esa Margarita decidió partir.
Para vos, abuelita querida.

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